No sé a vosotr@s pero a mí, el verbo OBEDECER no me gusta nada por todo lo que implica. Y no es porque sea precisamente una rebelde sin causa sino por las connotaciones que conforman esa palabra. La RAE lo define como: cumplir la voluntad de quien manda. Es decir, alguien externo, con más poder que tú, te ordena, te exige que hagas algo y supuestamente camuflado bajo la coletilla: “es por tu bien” o “porque lo digo yo”.
No hay diálogo, no hay consenso de razones, no hay explicaciones y así, señores y señoras, no se puede educar. Trasladémosnos al Holocausto que llevaron a cabo los nazis, la inmensa mayoría obedecía órdenes ciegamente y todo “por” el bien de Alemania. Desde casa, diríamos: “eso a mí no me pasaría jamás”. ¿Estás segur@?
Pues me gustaría comentaros un experimento muy comentado desde la Psicología social: el experimento de Milgram. El nombre se lo debe a un psicólogo norteamericano que en 1961 quería comprobar hasta qué punto personas normales, sin patologías previas, con diferentes niveles académicos y diferentes perfiles obedecían a una autoridad. El experimento trataba sobre “aprendizaje y memoria” y hacían falta tres personas: el investigador (con bata blanca, la autoridad), el maestr@ y el alumno/a. Al sujeto experimental siempre le tocaba ser maestr@, ya que el sorteo estaba amañado y el alumn@ era un cómplice del investigador.
El alumn@ era atado delante del maestr@ en una silla para que no se moviera y se le colaban electrodos; luego el maestr@ se iba a la habitación contigüa, donde había interruptores que regulaban la intensidad de la descarga con etiquetas: descarga moderada, fuerte, peligro, descarga grave y probable muerte. El alumn@ tenía que aprenderse pares de palabras y a cada error el maestro incrementaba la descarga en 15 en 15 voltios más. Realmente esas descargas no se producían pero el alumn@ representaba el papel gritando en la habitación de al lado. Si el maestr@ se negaba a aumentar la descarga, el investigador le decía “continúe por favor”, “para que le experimento funcione necesita que usted siga”, “debe continuar” etc.
Sorprendentemente el 65% continuó hasta el final, aplicando la máxima descarga. Atrás, quedaron sus valores morales y su conciencia. Es cierto que la muestra no era muy significativa, eran 45 personas en total, pero sin duda, este experimento da mucho que pensar.
Demuestra que los seres humanos podemos ser muy frágiles ante la autoridad y acabar obedeciendo ciegamente aunque sufran o mueran personas.
Pero no nos quedemos con esta visión no demasiado positiva, yo me quedo con el resultado que me gustó más de este experimento: Milgram constató que a mayor formación académica, menos intimidación producía la autoridad, por lo que la obediencia disminuía. Así que apostemos por la formación, la educación, la lectura, el ver las dos caras de la moneda, las versiones diferentes, empapémosnos de información y en última instancia tomemos decisiones razonadas, coherentes con nuestros principios y sepamos parar a tiempo.
Nuestro criterio está por delante de presiones grupales, autoridades, aprendamos a saber que está bien y que no está bien, porque no necesitamos que nadie nos lo diga.
DECIDES TÚ.